Adolescencias retardadas y juguetes rotos

Desde pequeños, muchos y muchas hemos crecido en una burbuja maravillosa de felicidad inconsciente e irresponsable en la que no tenemos que pensar demasiado. Nuestras preocupaciones no suelen ir más allá de seguir la misma rutina que todo el mundo, ya sea colegio, instituto, academias, deportes, etc. Tras la infancia, llega la adolescencia que es  un proceso fundamental en la que todo lo que creíamos establecido se verá confrontado, tendremos conflictos y deberemos resolverlos, es decir: deberemos hacer frente al proceso de maduración. Un proceso que no será difícil a nivel general, sino que dependiendo de quién seas, con quién te juntes, dónde hayas nacido o con quién te identifiques podrá suponer un incremento exponencial.

Está ampliamente estudiado y documentado que esta maduración es bastante más complicada en la población LGTBI+. Es entonces, para nosotres como comunidad, cuando debemos hacer frente a todos los mensajes contrarios a nuestras identidades, negando quienes somos y/o lo que nos atrae, controlando nuestra apariencia y nuestra forma de actuar, poniendo rejas a nuestra libertad. Y mientras que hay muchas personas cis-hetero (y en bastante menor medida personas LGTBI+) que, junto con un amplio apoyo institucional y social consiguen superar estos desafíos, muchas otras personas quedamos ancladas a conflictos no resueltos que nos lastran. El único resultado que produce esto es una maduración incompleta, que a medida que creces, suma complejos de identidad, complejos de inferioridad, vergüenzas, miedos, y te reduce al mínimo exponente.

Muchas personas LGTBI+ necesitamos toda una vida para deconstruirnos y entender no sólo que no hay nada malo en nosotres, ni en nuestras vidas, ni en nuestras relaciones, ni en nuestras identidades, sino que deberemos luchar (a veces muy sufridamente) para completar nuestro proceso de maduración. ¿Pero es que acaso no es muchísimo más fácil y cómodo seguir viviendo en ese letargo buscando seguir siendo inconsciente e irresponsable? ¿Acaso no nos produce (o producía) verdadero terror tener que ser conscientes de todo lo que hacemos y responsabilizarnos de todas las consecuencias? Seguramente nuestra sociedad CisHeteroPatriarcal y capitalista ayude a una individualidad tóxica que impide compartir experiencias y facilitar el desarrollo personal en común. Pero precisamente porque la maduración en personas LGTBI+ suele ser por lo general mucho más dificultosa, mientras que en la población general la adolescencia se da entre los 14 y los 18 años, otros la pasamos entre los 23 y los 27 o incluso más tarde aún.

Está en nuestra mano enfrentarnos a la ansiedad que nos produce adquirir conciencia, enfrentarnos a la vergüenza de defender nuestras identidades y nuestra perspectiva frente a lo que digan los demás y enfrentarnos al miedo de entender que toda acción tiene sus consecuencias. Pero al menos a mi entender, parece que dicha maduración (y repito, más comúnmente en la población LGTBI+), en la mayoría de los casos, debes hacerla por tu cuenta. ¿Acaso no abundan hoy en día las personas dependientes emocionalmente? Puedo llegar a entender que cueste ayudar a una persona a madurar, porque la maduración lo queramos o no, crea heridas. Madurar es entender que no eres el centro del mundo; madurar es entender que tus acciones tienen consecuencias y que puedes perder a gente por el camino; madurar es plantarle cara a tu “yo” que pretende seguir siendo inconsciente e irresponsable; madurar es aceptar que a lo mejor necesitas llorar todo lo que te enseñaron para poder deshacerte de ello.

Madurar es no buscar responsables ajenos, pero también es no culparse de todo hasta la muerte; madurar es aceptar que a veces te equivocas y aprender de tus errores; madurar es enfrentar las posibles adicciones que tengas (al sexo, al alcohol o a las drogas); madurar es aceptar tu vulnerabilidad y amar esa parte de ti; madurar es relajarte cuando estás con los demás y no compararte constantemente analizando si “va en tu favor o en tu contra”; madurar muchas veces es perder la felicidad que te aporta la inconsciencia y la irresponsabilidad pero poder conseguir otro tipo de felicidad más duradera y estable.

A veces las heridas parecen irreparables. Y ves que cicatrizan pero que si tiras mucho se pueden volver a abrir.
A veces el mundo, la sociedad o nuestro entorno nos convierte en juguetes rotos y debemos ser nosotres quienes nos aceptemos. Entender que tenemos nuestras cualidades y nuestras debilidades, con nuestra ansiedad y con nuestros complejos y luchar contra ellos para poder ser mejores el día de mañana. No es malo ser un juguete roto, pero sí es malo aceptar que serás un juguete roto para siempre.
Todes tenemos heridas, pero lo verdaderamente malo es no tender la mano al resto para repararlas juntos. Lo malo es no poder hablar en alto, compartir cómo nos sentimos. Tan difícil, tan complicado, tan sencillo, tan fácil como entender que no es necesario que seamos super-héroes todo el rato. A veces nos tenemos que quitar el antifaz y confiar en las personas más cercanas. Y si ellas no nos dan suficiente confianza, buscar a quienes sí nos la den. Porque duele. Pero, en el fondo, merece la pena.

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